Vivo en el mismo lugar, desde aquella mañana de verano en la que mis ojos estrenaron sus pupilas por primera vez, y se me gasta la vida imaginando como será el final de ese preciado amanecer. Como tantos recuerdos que inundan la inocencia de querer ser, como esos viejos besos que entre desconocidas deje correr, ilusiones que se agotan y cada segundo que deje volar, entre esperanzas que se dejan gastar, en aquel baúl que de pequeño me permitieron crear.
Y donde iremos si mañana llueve, cuando entre las gotas que caen sobre el mismo rocío que no termina de evaporarse de esa mañana helada de delirios por querer expresar, y la falta de palabras para darse entender que no hay mayor creación que nuestro propio crear. Espíritu narcisista para poderme sobrellevar, frente a los obstáculos y dolores que la vida me ha de entreponer, entre ramales de malestar, entre problemas por aceptar, entre muertes y castigos, entre tormentas sin alivio, espíritu que me deja continuar.
Cartas que nunca he entregado, cartas que talvez nunca haya de entregar, párrafos incompletos por esas oraciones sin final, letras aún perdidas entre palabras que nada han de significar. ¿Y entonces? Cuanto tiempo en vano hemos de dejar pasar, tranquilos porque nadie nos apure, y concientes que los minutos no han de detener, esa marcha perfecta que nos lleva a envejecer.
Y hacemos silencio cuando alguien se nos va, allí donde aún no hemos podido llegar, o aún llegar y poder regresar, y dedicamos aun más silencio por los momentos en los que no hemos sabido como reaccionar. Porque nada parece lo que debería, y porque lo que debería nunca nos ha de contentar, porque somos inconcientes de lo que en realidad hace falta para estar, estar sin tener que estarlo, y fingir dolor para disfrutar de esa delirante alegría adornada con libertad.
Y si amamos debemos sufrir un poco mas, para valorar lo que perdimos, para apreciar lo que mañana ha de llegar y volver a sufrir para entender que no hay mal que dure 100 años ni hay aun quien lo pueda soportar, para entender, que no hay felicidad perfecta sin antes sufrir por algo mas, talvez inútil, pero seremos concientes de lo que fue algún día saber llorar, ese dolor en el pecho culpando a la vida y mil demonios por ese magnifico malestar que nos permite saber que estamos vivos, que podemos respirar.
Y estamos vivos, y es real, acariciando las nubes en nuestros sueños repletos de sueños que aun sueñan con volver a soñar, perfecta inocencia, soy el culpable pero no el inconciente, soy el inmaduro, pero no es convincente, siempre seremos lo suficientemente fuertes para poder continuar, y si algún día algo nos frenase y si algún día algo no nos deje poder caminar, haremos silencio, como tantas veces, pero esta vez desde un tercer lugar, buscándole una respuesta a una pregunta que nadie ha de formular, o por lo menos nadie se ha de animar a realizar.
Somos así, así nos gusta llevar a nuestra vida nuestra visión de la realidad, sin anestesia agarramos todo de fabrica sin leer las instrucciones que el creador nos hubo de señalar, subrayar, y volver a mencionar. Somos así de impotentes al no querer aceptar, somos así de impacientes y un muro nos espera por no saber escuchar. Sentir, talvez nos haga mal entre tantas opciones que nos dieron para evitar la migraña unos minutos por delante nada más.
Y sigo aquí, y los demás por ahí, y seguimos todos queriendo vivir, una historia que creamos sabiendo ya el fin, talvez ilusionados con algo mas, talvez mas inconcientes, o sin querer entender, vivir sin seguir un camino que marque el destino que pueda algún día llegar a venir. Y sigo aquí, y tu ahí, viviendo lo que creemos que es vivir.